Con el tiempo
Con los años comprendes que la vida es constantemente adversa, pero también aprendes a domar el huracán de emociones que despierta en ti. Descubres que un día todo puede brillar con esperanza, y al siguiente, por más resiliente u optimista que seas, la vida te cansa, emocionalmente te lleva al límite. Hay días que a la vida se le marchitan los pétalos, y no hay nada que te ilumine, pero sabes que mañana será otro día y tarde o temprano volverá a florecer, quedando así los aprendizajes tras cada batalla aparentemente perdida, tras cada silencio que dolió, tras cada error que pesó.
Con el tiempo, le das espacio a tu parte sabia. Entre la razón y el corazón aprendes a navegar, como quien sigue el horizonte donde el mar se funde con el cielo. Miro fotografías de hace diez años y me doy cuenta de cuánto ha cambiado todo, cuánto he sanado. En ese entonces, desde la oscuridad de mi habitación, parecía el final. Pero no lo fue.
Dicen que los seres humanos aprenden más del dolor que de la calma. Y sí, perder a personas importantes, verlas partir en un silencio eterno, te deja un vacío… pero también una caja de recuerdos que el alma guarda como tesoro: sus risas, sus abrazos, su amor.
Lo malo nunca quedará atrás, pero durante este tiempo dejamos el desierto y volvimos a la ciudad. Hoy es un nuevo comienzo, porque hoy soy más sabia que ayer. Las cicatrices no se borran con ninguna crema, pero entiendes que eran necesarias, porque gracias a ellas existe esta versión más firme, más auténtica, más tuya.
Y quizás de eso se trata: de jugar este juego llamado vida buscando la felicidad en lo simple, en lo cotidiano. De vivir una vida rica en tiempo, en salud, en amor. Porque, al final, eso es lo que todos anhelamos: una vida lo suficientemente larga y libre como para cuidar de quienes amamos y amar tanto, que el corazón parezca estallar.
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