La belleza de la soledad
La soledad tiene el don de traer paz.
En esas horas, la mente descansa de las respuestas correctas que siempre debe dar,
y el cuerpo se libera de los estereotipos que constantemente tiene que mostrar.
Cuando no hay nadie a tu alrededor,
y el único sonido es tu respiración,
descansas del mundo, y eso está bien.
Es natural que el corazón anhele un respiro de la presión,
y que la mente quiera silenciar los ecos de los demás.
En ese espacio, puedes hablar contigo misma,
y a la vez, conectar con alguien especial: con Dios.
No porque Él se oculte, sino
porque a menudo lo opacamos con las preocupaciones ordinarias del día a día.
En esos momentos no hay preguntas, ni respuestas, ni expectativas.
Solo estás tú, tu canción favorita resonando en el aire, tus brazos elevados mientras bailas como una niña que acaba de recibir un regalo.
La vida revela su belleza en esos instantes, una belleza que solo comprende quien ha aprendido a disfrutar de su propia compañía.
A mí me tomó años entenderlo.
Aunque amo estar con los míos,
también amo los momentos de soledad porque la soledad es una palabra hermosa, porque en ella no existe adversidad; porque en su calma, el corazón siente la bondad de Dios.
Y entonces recuerdas algo sencillo, pero poderoso: estás viva.
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